Santa Cruz de Flores, un pueblo de tradición y costumbres.

Nuestro Templo se derrumbó en gran parte, pero la fe del pueblo se mantiene intacta.
Memorias de un alma que envejeció entre parras, danzas y picantes
Yo vine al mundo en Santa Cruz de Flores cuando el alba aún se demoraba en despuntar sobre las chacras, y los gallos, altivos como centinelas del día, cantaban sin apuro, como si el tiempo les perteneciera. Eran días de sosiego, de tierra húmeda y de vecinos que se saludaban con sombrero en mano y voz baja, como quien no quiere interrumpir la paz del aire.
Hoy, con los años acunándome los hombros y la memoria hecha costura de instantes, me siento en la banca de la plaza —esa misma que vi levantar con manos curtidas por el sol y el adobe— y contemplo mi pueblito como quien mira a un hijo dormido, con ternura, con paciencia, con esa mezcla de orgullo y melancolía que sólo da el tiempo.
Aquí todo tiene alma. Las parras que se enroscan en los muros no sólo dan sombra: murmuran historias. Los canales, que aún susurran agua de manantial, parecen rezar. Y las piedras de La Olleria guardan el eco de los antiguos, como si quisieran seguir hablando aunque nadie escuche.
He vivido más vendimias que carnavales, y puedo decir sin jactancia que el vino no se bebe: se recuerda. Se huele, se pisa, se espera. Cuando era mozuelo, mi abuelo me llevaba a la “paña”. Me enseñó a mirar las uvas como se mira a una mujer: con respeto, con alegría, con reverencia. Me enseñó a chancarlas con los pies descalzos, a sentir cómo la miel picaba la piel, y a esperar el jugo como quien aguarda una carta escrita a mano. Hoy los mozos usan máquinas, pero el alma del vino sigue siendo la misma: tiempo, tierra y ternura.
Y cuando llega la vendimia, el pueblo se engalana. Las calles se visten de guirnaldas, los balcones de risas, y el aire de música. Las pallas, con sus sayas bordadas y sus tocados de flor y memoria, danzan como si el suelo les cantara. No bailan por espectáculo: bailan por legado. Cada giro, cada zapateo, es un rezo antiguo, una ofrenda al maíz, al sol, al vino. Yo las he visto danzar al pie de la iglesia, bajo la mirada de los abuelos, y juro que el tiempo se detenía para mirar.
Y luego viene el picante. No el de ají solamente, sino el de la olla honda, del fogón encendido desde la madrugada. El picante florino no se cocina: se hereda. Lleva papa, lleva maní, lleva carne que se deshace como recuerdo. Pero sobre todo, lleva historia. Cada cucharón es una página, cada bocado una estampa. En mi niñez, el picante se servía en platos de loza con flores desvaídas, y se comía en silencio, como quien honra un rito.
Mi pueblito no es grande, pero tiene el corazón ancho. Aquí todos se saludan, aunque no se conozcan. Aquí el pan se comparte, el vino se ofrece, y las fiestas se celebran como si el mundo entero viviera en nuestras calles. En Semana Santa, la plaza se llena de cirios y murmullos. En la vendimia, de música y risas. Y en los días quietos, de silencio y cielo.
Azpitia, nuestro anexo, es el balcón del cielo. No exagero. Desde allá se ve el valle como si Dios lo hubiera pintado con acuarela y buen pulso. Cuando era joven, subía caminando con mi enamorada, y nos sentábamos a mirar el río Mala como si fuera un espejo del porvenir. Hoy voy solo, pero el paisaje me sigue hablando. Y yo le respondo, aunque a veces me gana el silencio.
Muchos ignoran que el agua que bebemos viene de un manantial. No de una planta, no de una cisterna. De la entraña misma de la tierra. En otros lares la embotellan. Aquí, la tierra nos la regala por el grifo. Y eso, créame, es un privilegio que no se compra ni se presume.
Santa Cruz de Flores fue distrito desde 1922, pero fue pueblo mucho antes. Fue comunidad, fue familia, fue historia. Y aunque ahora algunos lo llaman “Nuevo Destino Turístico”, para mí siempre ha sido lo mismo: mi raíz, mi refugio, mi rincón del mundo.
No sé si viviré otra vendimia. Pero sí sé que cuando me vaya, quiero que me entierren aquí, donde el vino canta, las pallas danzan y el picante huele a infancia. Porque mi pueblito no es sólo donde nací. Es donde aprendí a amar. Y eso, señora, no se olvida.
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Anónimo, Santa Cruz de Flores, agosto de 2025

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